Sepia collage of Acapulco coast, El Clavadista Bar, Hotel Mirador, and tropical markets

Dr. Luis Arturo Bello Pérez

Los fenómenos naturales ocurridos en Acapulco en los últimos años nos indican que la naturaleza está respondiendo a los excesos cometidos por el ser humano. El mito del cambio climático se está tomando cada vez más en serio, ya que los fenómenos meteorológicos ocurridos en el puerto en el lapso de dos años, según los expertos, podrían repetirse con frecuencia. En mi mente, ese Acapulco como destino turístico internacional, donde los canadienses llegaban a fin de año en busca de un clima agradable y permanecían al menos hasta marzo del año siguiente.

Esto traía una derrama económica importante que se reflejaba en el bienestar de las familias avecindadas en el puerto y que, de forma directa o indirecta, dependían del turismo como actividad económica. Aunado a esto, el mar del puerto ofrecía a los pobladores una fuente de alimentos, ya que, cuando entraban los cardúmenes de “ojotones” y “cocineros” a la bahía, estos se recolectaban con “arañas” o tarraya en grandes cantidades, por lo que, en muchas ocasiones, se regalaban a familiares y vecinos para su consumo.

La salida a pescar en lugares cercanos al muelle de caleta y caletilla, cerca de la isla de la Roqueta, era una actividad semanal, que por un lado nos permitía un rato de esparcimiento y relajamiento, ya que la pesca engloba aspectos agradables como el observar la inmensidad del mar, las casas al borde de los acantilados que rodean caletilla, el sonido de las aguas que se rompen con la proa de la embarcación, el sonido del viento y la emoción que se siente cuando algún pez “pica” tu anzuelo y esperas a que coma un poco de carnada para dar el “jalón” a tu cuerda, y corroboras que se “enganchó” el pez, y que por el movimiento calculas si es grande o pequeño.

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De igual manera, con la cuerda sin plomada, con solo anzuelo y carnada, que tiras a la superficie y que los pescadores llaman “media agua”, esperas a que la tabla donde está enrollada tu cuerda empiece a sonar en señal de que algún pez se “enganchó”, y que la intensidad del sonido te indica si es un pez grande.


Todas esas emociones que sentía cuando compartía la pesca de cada miércoles con mi padre, que era su día de descanso en el hotel donde trabajaba, que para él era un ritual desde muy temprano donde preparaba sus plomadas, anzuelos y cuerdas, así como su carnada que compraba en el mercado central, y que una de ellas consistía en un trozo de pez vela que la hacia una hendiduras con el cuchillo y lo bañaba con jugo de limón y sal gruesa, lo dejaba marinar y eso lo llevábamos como a las 3:00 de la tarde a la lancha para iniciar esta aventura. Una cosa curiosa es que masticaban un trozo de esa carnada y lo ponían en el anzuelo que usaban para la pesca a “media agua”.

Como no veía gestos en sus caras, supuse que no era desagradable hacerlo, por lo que un día tomé un trozo, imitándolos, y casi vomito por el sabor del pescado con limón y sal. Bueno, así se aprenden las cosas de la vida. En el grupo estaba mi padrino Quirino Ramírez, campeón mundial de sky acuático, que ya en esa época se dedicaba a cuidar un yate en el club de yates de Acapulco, que, dicho sea de paso, fue campeón mundial en Italia, ya que, en esa época, personas vieron sus habilidades en el sky acuático y se lo llevaron al viejo continente.

Quirino recibió el premio municipal al Mérito Deportivo por sus logros; fue un ejemplo: un niño pobre, con una madre soltera, que se dedicó a aprender sobre el mar en el malecón de Acapulco, pudo, con su esfuerzo y aptitudes, alcanzar esos niveles. Y bueno, el dueño de la embarcación de fondo de cristal, que hacía sus viajes turísticos de caleta a La Roqueta, “Checumbele”, se autodefinía como el “Negro Fino”, oriundo de Cuajinicuilapa, Guerrero, y avecindado en la colonia La Laja de Acapulco. Los miércoles, a mitad de semana y, como saben, cuando las playas de Acapulco eran más concurridas los fines de semana, era un día adecuado para que, una vez terminadas sus pocas actividades turísticas de ese día, emprendiéramos la pesca semanal. Con su experiencia en el mar, conocía lugares de la isla de la Roqueta donde se encontraban los peces. Con estas líneas, rindió tributo a esas tres personas, que se nos adelantaron en el camino, pero que todo su aprendizaje que obtuvieron en sus actividades realizadas y que me transmitieron, me forjó la forma de ver la vida y creo que influyó en lo que he llegado a ser hasta este momento.

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Los cambios generacionales y la caída del atractivo turístico de Acapulco, debido al surgimiento de otros destinos de playa, han hecho que esas actividades del “viejo” Acapulco disminuyan o casi desaparezcan. De igual forma, la vida nos ha llevado por diferentes caminos que hicieron que eso fuera quedando como parte del pasado, un pasado muy feliz, con todas la dificultades que venían en esa etapa, que la verdad siendo honesto nunca las dimensioné, mi madre se encargó de no hacernos participe de los problemas económicos ni familiares, que lógicamente no eran totalmente desconocidos, pero creo que en esa etapa de juventud uno no se preocupa, con lo poco que tiene, el ir a la escuela, jugar y divertirse con los amigos, hacían que esa etapa fuera una de las mejores de mi vida.

También cabe decirlo: el poder adquisitivo de esos tiempos permitía “vivir bien”, ir y venir en el transporte público sin retrasos, sin que fuera necesario contar con un vehículo particular. Y el mar de Acapulco nos daba para comer sin preocuparnos mucho, ya que el pescado no faltaba, o los mariscos como las “cucarachas de mar”, que en mi época de adolescente joven, junto con mis primos y amigos del barrio íbamos a los acantilados de caleta a obtenerlas de las rocas, cuidándonos entre nosotros cuando venía la ola y rompía sobre las rocas, a las que nos aferramos para nos ser arrastrados. Ahora sí dimensiono el peligro al que nos exponíamos, que, en ese momento de jóvenes, no lo veíamos y que pudimos haber muerto, arrastrados por una ola y caídos sobre las rocas.

Lógicamente, mi madre no sabía; si lo hubiera sabido, lo habría prohibido categóricamente, ya que salíamos a escondidas, diciendo que íbamos a la playa, y llevábamos cuchillos de mesa escondidos para despegar estos moluscos de las rocas, y, una vez que regresábamos, preparábamos un ceviche que comíamos animados y platicando. Comida y diversión sana no faltaban y esa pesca en el mar de Acapulco no sirvió para crecer felices. El tiempo se fue; mi plan es regresar algún día, ya como jubilado, a la tierra que me vio nacer y crecer y que me ayudó a pescar ilusiones que soñé de niño y de joven y que, gracias a Dios, se han cumplido. Como se dice, todo regresa de donde partimos, espero regresar a ese mar para seguir pescando, pero también seguir pescando ilusiones para mis hijos, las cuales me ayuden a disfrutar esos momentos en la última etapa de mi vida.

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