-> OPINIÓN
REDACCIÓN BGN. La señal fue clara y no pasó desapercibida. Cuando Claudia Sheinbaum Pardo mencionó públicamente la aspiración de Esthela Damián Peralta, no solo destapó una candidatura: activó un tablero político que en Guerrero llevaba años operando bajo reglas no escritas, pero bien entendidas.

El movimiento sacude, porque rompe una lógica de control que se había consolidado alrededor de Félix Salgado Macedonio y su influencia directa en el gobierno encabezado por Evelyn Salgado Pineda. No es nuevo que en Guerrero el poder formal conviva —y a veces se subordine— al poder real. Lo relevante ahora es que desde el centro se está cuestionando esa dinámica.
La irrupción de Damián Peralta no solo representa una candidatura más. Es, en los hechos, una prueba de fuerza. Porque antes de pensar en la oposición —que, como bien se sabe, atraviesa uno de sus momentos más débiles— el verdadero obstáculo está dentro del propio Morena.

Y ahí está el punto incómodo: Guerrero no es cualquier estado en la lógica política nacional. Es un territorio donde las estructuras informales pesan tanto o más que las institucionales. Donde el control político se extiende a órganos que, en teoría, deberían funcionar como contrapesos, pero que en la práctica han acompañado al poder en turno.
Por eso la pregunta de Sheinbaum no fue ingenua. Fue estratégica. ¿Estás lista? No solo para competir, sino para enfrentar un sistema que no cede fácilmente.

Porque si algo queda claro, es que el 2027 en Guerrero no se definirá únicamente en las urnas. Se está empezando a jugar ahora, en los mensajes, en los posicionamientos y en los movimientos que buscan reconfigurar el equilibrio interno.
Y en ese escenario, la candidatura de Damián Peralta no es el final de una decisión: es el inicio de un conflicto político que apenas comienza.
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